Pintando gitanas y gitanos

​Manuel Cabral Aguado Bejarano (Sevilla, 1827 -1891), pintor, uno de los mejores representantes del costumbrismo andaluz dentro del Romanticismo español.

En el siglo XIX la visión de los viajeros románticos que emprendían un viaje por España viviendo las escenas más costumbristas andaluzas, se plasma en este estilo de pintura. Las escenas de tipos populares, vida cotidiana o ferias es una moda entre los europeos que llegan a conocer así el tipismo y el folclore andaluz. Sus obras de procesiones y romerías, alcanzaron gran éxito tanto en la capital andaluza como en Madrid. Buscó la juerga y el drama, pero también aporta testimonios típicos, reforzados con la visión de ropajes, poses y edificios, dentro de la estética sevillana.

Una importante muestra de sus obras las encontramos en el museo Carmen Thyssen Málaga.

Evidentemente, en su obra aparecen gitanos y gitanas.

La primera imagen corresponde al cuadro “El puesto de buñuelos” (Óleo sobre lienzo, 63,5 x 50 cm) realizado aproximadamente en 1854. Estamos en la Feria de Abril de Sevilla, en su antigua ubicación del Prado de San ÇSebastián. La composición se centra en torno a un apuesto jinete sobre un caballo alazán pálido ricamente enjaezado, que toma buñuelos de un plato que le ofrece una gitana. Ante su montura, una niña rubia pasea con dos buñuelos sujetos por un junco verde. Tras el caballero pueden verse varios grupos de figuras: una gitana, sentada a la puerta de su caseta, prepara más buñuelos, mientras dos gitanos la acompañan; al otro lado, un jinete se aleja del primer término con una moza sentada a su grupa que saluda a un majo que, de pie, le devuelve la atención. Todos ellos destacan por desenvolverse con una gestualidad narrativa puramente escenográfica, que bien podría proceder de los cuadros de costumbres teatrales y de los sainetes que se representaban ya por entonces como entretenimiento de las clases populares.

Bejarano resuelve esta pintura de forma virtuosa, atento a los detalles anecdóticos, e interesado también por las composiciones de alguna complejidad incluso para el pequeño formato, dada la disposición de las figuras en torno a la del caballista central. Sin embargo, el pintor cometió ciertas incongruencias compositivas, como la dirección del viento que despliega las banderas sobre las casetas, contraria a la que mueve la copa del árbol situado inmediatamente detrás, o las escalas, no siempre consecuentes, de las figuras humanas. Pese a ciertas zonas de dibujo más rígido, como el perfil de la gitana que ofrece el plato al jinete, o la propia silueta del protagonista y su montura, enfatizadas por la luz fría y cenital, como de estudio, a la que está sometida toda la composición, prevalece en esta pintura lo atractivo del color, que el maestro hispalense maneja de un modo valiente, seguramente inspirado en la viva experiencia de la feria, famosa precisamente por lo atractivo de su típico encanto local.

En la segunda foto vemos “En la Feria de Sevilla” (Óleo sobre lienzo73,5 x 91 cm) realizado en torno a 1855. Este cuadro ofrece una visión del acontecimiento. En él aparecen los tipos que definen no sólo esta celebración concreta sino también los que había en una ciudad que se ofrece como singular para el viajero extranjero y nacional, así como para sus propios habitantes. Encontramos caballistas –demostración del nuevo poder conquistado por la burguesía agraria–, señores del caballo y del cortijo, que ocupan un lugar central y bien destacado en la composición. También personajes más populares, como las buñoleras, imprescindibles en este evento, gitanas, ataviadas con flores y trajes populares, que están aquí acompañadas por gitanos que visten chaqueta corta y sombrero de queso, vestimentas que contrastan con las de las clases más acomodadas, más adaptadas a la «extranjerización» afrancesada del vestir. Otros gitanos chalanean, están haciendo un trato junto a un redil lo que pone de manifiesto el carácter de mercado ganadero que tuvieron esos días feriados, uno de los objetivos esenciales de su creación en una ciudad que se proponía basar su horizonte económico en su rico entorno agropecuario. La singularidad de este cuadro estriba más en el carácter documental del acontecimiento, en el aire de retrato que tienen sus figuras principales, en su captación pormenorizada de trajes, caballerías y jaeces, y menos en esa ambientación cromática de influencia inglesa y murillesca.

Los textos están tomados y adaptados de las fichas que acompañan a las imágenes en la web del museo

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