¡Qué mal bajío tienen los críticos!

Michelangelo Merisi da Caravaggio (Milán, 29 de septiembre de 1571- Porto Ercole, 18 de julio de 1610) fue un pintor italiano considerado el primer gran exponente de la pintura del Barroco.

Como pintor siñaba un fenómeno y tuvo mucho éxito. Ahora, terelaba, según cuentan, mu mala follá ¡siñaba un malasombra! Según dicen tuvo varias quimeras y en una de ellas incluso hizo una muerte ¡No  veas cómo siñaba el jambo Caravaggio!

Una de sus características como pintor es el realismo con el que retrata a sus personajes. Así mismo, su uso del claroscuro hizo que fuese admirado incluso por los pintores coetáneos.

El claroscuro no lo inventó Caravaggio pero fue él quien le dio la técnica definitiva, oscureciendo las sombras y transformando el objeto en un eje de la luz, cada vez más penetrante. Con este tipo de pintura, los artistas comenzaron a plasmar el físico y la psicología de los personajes de una forma cada vez más real y aguda. Este claroscuro se realizaba mediante el contraste de luces proyectadas sobre los elementos de la obra, otorgándole mayor importancia a unos sobre otros. De ahí que mediante esta técnica se consiguiera cierto aire tenebroso. La incorporación de este nuevo tratamiento lumínico, el tenebrismo, traspasó las fronteras de Italia. Bajo esta denominación se conoce la nueva estética lumínica que el artista utilizó en sus obras de madurez y a través de la cual se opta por iluminar intensamente y con un foco de luz artificial y exterior la escena principal del lienzo mientras el resto queda sumido en una profunda penumbra y oscuridad. Pero no la utilizó en las obras que nos interesan ya que son cuadros que realizó en su juventud.

A Caravaggio le gustaban más los modelos populares que las bellezas clásicas de manera que según cuenta Giovanni Pietro Bellori en 1672 ‒es decir, 70 y pico años después de pintados los cuadros por lo que habrá que confiar en su buena memoria, jiji‒ que cuando Caravaggio estaba asentado en Roma en una posición que ya le permitía pintar según su propio genio y no a las órdenes de otros, estaba un día viendo con otros artistas las más famosas escultura de Fidias (el más famosos de los escultores clásicos griegos) y de Glicón (escultor clásico griego autor del Hércules de Farnesio) y todos los demás pintores decían que esas esculturas eran tan bellas que debían ser consideradas como sus modelos. Entonces Caravaggio dijo que el público circundante era mucho más bello que esas esculturas y, para dar más autoridad a sus argumentos, llamó a una gitana que pasaba por la calle, la llevó a su taller y la pintó en actitud de echar la buenaventura ¡Olé los detalles!

Se conoce con el nombre de La Buenaventura a dos de sus obras. La datación de las dos representaciones de La Buenaventura ha sido muy controvertida, se cree que la primera versión –que actualmente se encuentra en Los Museos Capitolinos de Roma- dataría de 1594 mientras que la versión del Louvre, Paris, sería de un año después, de 1595. Las copias o réplicas de una misma obra, realizadas por un mismo autor, eran bastante frecuentes durante el Renacimiento y el Barroco. Muchos artistas contrataban aprendices y pintores de segunda fila para ponerlos a trabajar en su taller y así dar respuesta a la creciente demanda de los clientes, que demandaban imágenes que habían resultado especialmente exitosas.

La crítica ha destacado que el diálogo que se representa en estas obras está cargado de sobreentendidos eróticos y de alusiones a una confrontación subliminal payo/gitano. Hay que tener en cuenta que en esa época era motivo de escándalo tanto el contacto físico (la mano del gachó en la mano de la gitana) como el cruce de miradas y la arrogancia de la gitana que mira con fijeza al jambo.

Le_Caravage_-_Diseuse_de_bonne_aventure
La Buenaventura (La Diseuse de bonne aventure, hacia 1595, olio sobre lienzo, 99 cm X 131 cm, Museo de Louvre, París, Francia)

Este cuadro, aunque es una de sus obras de juventud, fue una verdadera revolución en su momento, tanto por su estilo como por el tema representado. La mayoría de artistas de aquella época seguían reverenciando el arte clásico como modelo de belleza ideal y se inspiraban en las esculturas clásicas para crear los personajes de sus composiciones pictóricas. Sin embargo, Caravaggio prefería utilizar modelos de carne y hueso, gente que se encontraba en la calle y en las tabernas y que posaban para él a cambio de unas monedas. Y es que para Caravaggio, la verdadera belleza estaba en el mundo real, no en las frías esculturas.

El tema escogido era también bastante chocante. Aunque no es la primera vez que aparece: las fuentes más antiguas citan la quiromancia como una práctica típica de las gitanas y ello dio lugar a un gran número de pinturas (que iremos analizando en nuestro blog).

Un joven bien vestido y algo incauto, admirado por la belleza de la gitana o incluso pretendiendo seducirla deja que una linda gitana le lea la mano. Ella es bella y aunque su condición es más humilde que la del caballero aparece limpia y sana. La cara parcialmente en sombra de la gitana acentúa el matiz cobrizo de su piel. Lleva una especie de turbante blanco, una rodela (berno se llama en romanó) –un complemento que llevaron las gitanas de toda Europa hasta el S. XVII‒, y viste una camisa blanca con bordados en el cuello y una capa o mantón de tipo esclavina que se anuda sobre su hombro y llega hasta los pies y que también fue una prenda típica de la vestimenta de las gitanas.

Otro detalle interesante de esta magnífica obra es que la gitana está mirando a la cara al caballero de manera que Caravaggio supo ver que la gitana más que leer las líneas de la mano practica la psicología empírica al observar el rostro del cliente.

El tema representado no tenía nada que ver con los temas habituales de la pintura de la época: mitología, escenas religiosas y retratos de gente poderosa. Sin embargo, el cuadro tuvo muchísimo éxito, por el realismo con el que estaba pintado y por su ambigüedad. ¿Es una obra de tipo moralista que nos está enseñando qué vicios debemos evitar? Podría serlo, pero la forma que tiene Caravaggio de representar al “malo” (en este caso la chica gitana) no parece acusatoria. No la pinta fea para que nos parezca repulsiva (como sí hicieron otros muchos pintores) y nos alejemos psicológicamente de ella sino más bien lo contrario: su rostro es interesante y atractivo, como si Caravaggio sintiese simpatía por ella.

Se sabe que este cuadro perteneció a la noble familia romana de los Pamphili, y que fue regalado al rey Luis XIV cuando Bernini fue a Francia, pasando después al Museo del Louvre, donde se encuentra en la actualidad.

La crítica moderna lo considera una de las obras más representativas de Caravaggio porque recoge algunas de sus principales características, como el tratamiento de un tema cotidiano, incluso vulgar, el énfasis en el claroscuro logrado mediante la introducción de un intenso haz de luz lateral, la disposición de un fondo neutro dinamizado por luces y sombras, y el interés por la psicología de los personajes.

En ambas versiones los protagonistas ocupan la inmensidad del lienzo y están recortados de medio cuerpo, un hecho que facilita  que el espectador sienta como si estuviese mirando a través de un ventanal una escena típica de la época.

Casi toda la crítica parece de acuerdo en destacar que en la versión del Louvre los personajes están más definidos y la obra presenta mayor calidad. En ambos lienzos el fondo se mantiene neutro una característica propia del artista barroco, los personajes están recortados contra una pared y en ella se proyectan algunas sombras. La luz procede de un foco exterior e incide directamente sobre los personajes pero aún no vemos el afamado tenebrismo caravaggiesco ya que ambas son obras de su juventud.

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La buenaventura (Buona ventura, 1594, óleo sobre lienzo, 115 × 150 cm, Museo Capitolino, Roma, Italia)

El lienzo fue vendido en 1750 como original al Papa Benedicto XIV. Sí, sí, el mismo que autorizó la extracción en sagrado de los gitanos españoles con lo cual hizo posible la ejecución de la Gran Redada ¡Manda carajo que al cabrón le gustara ver a esta gitana en un cuadro y condenase a la cárcel a los gitanicos y gitanicas de carne y hueso!

En verdad este segundo cuadro muestra interesantes variaciones si se compara con el primero. El punto de vista es ligeramente más bajo, los personajes se encuentran más cerca del espectador y hay más tensión entre ellos, tanto en las miradas como en las poses. Aunque los colores y el vestuario son casi los mismos (la camisa del caballero es diferente) los rostros son bien diferentes. También el tratamiento de las luces y claros del fondo es distinto, menos contrastado.

Hemos querido dejar para el final el verdadero asunto que está en el fondo de todo esto: la mirada turbia del antigitanismo plasmada a través de la crítica.

La tarjeta descriptiva que acompaña el cuadro del Louvre dice lo siguiente:

«Un jeune homme élégant se fait prédire son avenir par une bohémienne qui lui dérobe discrètement l’anneau passé à sa main droite»

Sí, así me quedé yo, ojiplático perdido. Allí en mitad del Louvre… Yo con toda mi ilusión y ¡plaf! en to’ la boca: un joven caballero elegante se hace predecir su futuro por una gitana que le ¡¡¡roba!!! discretamente el anillo de su mano derecha ¡¡¡Los muertos a caballo del crítico!!!

Y no es el único. Casi todos los críticos que hemos leído para confeccionar este artículo cuentan la misma mentira. Sí, es mentira. Es jojana. En el cuadro no hay tal robo. La gitana no le está robando el anillo.

Fue Giulio Mancini en sus Considerazioni sulla pittura (redactadas en 1620 aunque fueron publicadas en 1956) quien vio, por sus propios prejuicios, por su propia mirada turbia que diría el Tío José Heredia, el detalle del robo. No, la gitana no está robando el anillo y no, el robo no está en el cuadro de Caravaggio pero sí, la crítica sí ve ese robo porque el robo está en la sucia y turbia mirada de los críticos.

Al parecer, Caravaggio tenía malasombra, era un pendenciero, un buscarruinas pero no tenía la mirada turbia: pintó a la gitana de manera que no nos resultase fea ni horrible. No pintó ni el robo ni el juego de seducción que la crítica ha achacado a la gitana y que después ha apuntalado el fenómeno de la hipersexualización de las gitanas en la pintura y la literatura.

El robo y la seducción son pura invención de quienes no saben ver nada más que a través de sus ojos cargados de prejuicios antigitanos. Son los críticos los que han tenido realmente mala baji y mal bajío (bueno, la RAE dice mal vahído, pero ya sabemos que los jambos de la RAE son unos ignorantes y de eso hablaremos otro día).

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